Siempre consigues que me sienta insignificante, transparente, incluso invisible. Tardas mucho en reaccionar ante mi presencia a no ser que haya alguien más conmigo. ¿Por qué me haces esto? ¿Es por la suela de mis zapatos? ¿Por qué me obligas a hacer el ridículo haciéndome mover los brazos como si volara o teniendo que dar pequeños saltitos? ¿Se lo haces a alguien más? ¿Es personal? Te odio, asquerosa puerta de apertura automática del supermercado.
Hasta ahora la cosa había sido algo humillante pero pasable. Lo de ayer no tiene perdón. Avanzaba yo hacia el interior del súper, la puerta se estaba cerrando, pero tenía tiempo de sobra para entrar, o eso pensé; además en cuanto me acercara se supone que la puerta comenzaría a abrirse. Pues no, se cerró sobre mi cuerpo, me aprisionó. Al menos estuve rápida y conseguí sacar la cabeza, pero mi liberación no fue sencilla, de hecho tuvo que venir un señor en mi auxilio. ¿Os podéis imaginar la sensación de ridículo?
El armario estaba vacío, no quedaba nada en los cajones, no había dejado ni el cepillo de dientes, se había ido, sin un adiós, sin una palabra. Se había quedado solo, lo había dejado.
Se tumbó en la cama, las sábanas guardaban su olor. La noche antes habían hecho el amor, fue ella la que empezó, fue ella la que comenzó a acariciarle, fue ella la que besó sus labios, la que lamió su cuello, la que acarició su pecho, la que beso sus brazos y sus piernas, fue ella la que le suplicó al oído que la hiciera suya. Ella fue la que se durmió apoyada en su pecho, susurrando su nombre y hablando de amor.
Fue ella la que le dejó, solo, sin saber, sin entender, fue ella la que le hizo llorar.
La novela de Angela Becerra narra la historia de una extraña mujer. Una historia cargada de sueños y pesadillas. La novela a ratos me enganchó, algunos trozos se me hicieron pesados como ladrillos. Quizá le sobran páginas, pero si que hay algún personaje que me resultó interesante, y que es el que pronuncia estas dos frases que hablan de sueños.
"Ningún sueño da miedo, señora. Ellos son los que nos salvan. Sobre todo, si permitimos que hagan parte de nuestra realidad."
"Lo que nos falta podemos soñarlo"
No creo que un sueño pueda nunca sustituir una realidad, ni de que sea mínimamente comparable. Tampoco estoy muy segura de que los sueños deban convertirse en una parte importante de nuestra realidad, porque seguramente eso sería contraproducente y más doloroso a la postre. Aunque soñar también sea necesario; pero siempre con los pies bien anclados en el suelo...
Hasta la próxima, o no.
Ella, que todo lo tuvo.
Autor: Ángela Becerra
Ed. Planeta
Seguro que a alguno de vosotros os dijeron de pequeños aquello de: si alguien te da un caramelo, tú no lo cojas; y si lo tienes que coger, lo guardas y luego lo tiras.
¿A qué sí? ¿A qué lo hicieron? A mí, mi madre sí; reconozco que me acongojaba pensar que haría si alguien me daba un caramelo o por qué alguien querría darme un caramelo envenenado o que escondiera alguna peligrosa droga en su interior. ¿Y si ese alguien se enfadaba porque me veía tirar el caramelo que tan amablemente me había ofrecido?.
El caso es que, estaba ayer en el gimnasio dándole a la máquina, cuando se me acercó un señor mayor, para entendernos, mayor de 60, y me ofreció un par de caramelos al igual que había hecho con todos los que por allí andábamos. Los cogí agradeciéndoselo con una sonrisa y los dejé sobre una pequeña superficie que sobresale en el aparato. Me quedé mirándolos y de repente me asaltó una terrible duda: ¿debería tirarlos?, ¿les habrá echado el buen hombre algo dentro que me producirá algún extraño delirio o alguna droga alucinógena? No me gustan los caramelos, nunca los como, pero verlos ahí e intuirlos como algo peligroso hizo que empezara a sentir una terrible necesidad de engullirlos.
A ver, Merce, ¿estamos tontos?, me dije a mí misma. Esos caramelos están bien, perfectamente bien. Finalmente me lo metí a la boca y lo saboreé, lo deje deshacerse en mi boca... pero sólo porque era uno de esos que iban en bolsa, herméticamente cerrado... Claro que..., ahora que lo pienso y sí le ha metido alguna sustancia pinchándolo con una aguja...
Creo que debería llamar a mi madre y contarle mi absurda paranoia...
Recientemente he conocido aspectos de mi anatomía ignorados por mí, en concreto he descubierto músculos de mi cuerpo que no sabía que existían, probablemente porque creo que no los había utilizado nunca. Han bastado dos días de gimnasio para que tras casi 42 años de inactividad se hayan despertado, eso sí, muy cabreados a juzgar por esos pinchazos terribles que siento cada vez que intento moverme. He descubierto, también, nuevos dolores que nunca imaginé que podrían darse; me duelen hasta las pestañas y los párpados, imagino que por las caras de esfuerzo que pongo cuando lucho con esa máquina diabólica que es la elíptica, ¿y por qué sé que cara pongo? Porque el gimnasio está plagadito de espejos, lo cual creo que es algo cruel. Porque, qué ganas de verme despeinada, sudando, jadeando y con una cara que ni Lejarreta subiendo el Tourmalet. He observado que al contrario de lo que a mí me ocurre hay muchos (sobre todos del género masculino), encantados de verse rodeados de espejos, y es que, entre pesa y pesa, se suben la camiseta y observan con detenimiento su reflejo buscando, supongo, nuevas abdominales. ¡Ay!, he dicho abdominales... Sólo espero que mi trasero y sus alrededores sepan reconocer , en breve a poder ser, el esfuerzo, ímprobo, que por ellos estoy realizando.
Con vuestro permiso voy a meter, otra vez, mis doloridos músculos bajo el chorro de agua caliente, muy caliente.
Y no, no voy a abandonar.
Nadie como Maitena sabe expresar estás cosillas de la edad y sus consecuencias...
Tenía el pulso acelerado, te temblaban las manos y le costaba respirar. Sí, había sido capaz, lo había hecho, todavía no se lo creía. Ella cuya mayor aventura había sido cruzar un semáforo en rojo, lo había hecho. Sola, sin ayuda. No tenía remordimientos, al fin y al cabo no era más que un viejo cabrón y usurero. Se sentía como la mala de la peli, pero de esas malas que al final se escapan con el poli guapo. Volvió a mirar bajo la cama, allí estaba el maletín. Su contenido le permitiría vivir la segunda aventura de su vida; pero primero tenía que limpiar toda aquella sangre.