
Lo habría visto unas 400 veces, y no era una exageración, era un dato objetivo. Llevaba algo más de un año viviendo allí y, él era la primera persona a la que veía todos los días, de lunes a sábado. Salía del portal, se paraba unos segundos antes de bajar el escalón y le miraba, apurando el cigarrillo en la puerta de su quiosco. Habían cruzado las miradas tres o cuatro veces, pero sabía que él nunca se había fijado en ella, es más, ni siquiera sabría que existía. A pesar de eso, ella se acostaba todas las noches con él, se dormía entre sus brazos aunque en su enorme cama sólo estuviera ella. En ocasiones le invadía el sueño escuchándole dulces palabras de amor, otras veces sentía su propia humedad mientras imaginaba su voz, una voz profunda y suave hablándole de deseo, de cómo la iba a hacer suya, y así se sentía ella, suya, completamente suya.
Unos diez metros le separaban de él. Cruzar un sencillo paso de cebra y lo tendría delante. Tenía mil excusas: una revista, un paquete de chicles, cualquier coleccionable de los mil y uno que anunciaban en la tele. Pero no se atrevía ni a comprar el periódico, lo hacía el quiosco que había dos manzanas más abajo, camino del trabajo.
Estaba decidida, esa mañana cruzaría y le pediría el periódico y una revista, una de decoración había pensado, o quizá mejor algo más intelectual, algo que la hiciera parecer más interesante. ¡Qué situación más absurda! se odiaba a sí misma, incluso le sudaban las manos. Sólo iba a comprar una revista, y se sentía como una adolescente a punto de declararse.
Cruzó, se paró frente a él y le miró fíjamente a los ojos, -¿qué va a ser, guapa? preguntó él. Los violines cesaron, el deseo voló, las manos se secaron en el acto, ¿"qué va a ser, guapa"?, se repitió a sí misma. ¡Más de 400 días con la esperanza de que él la mirara!, ¡más de 400 noches durmiéndose con él!. El hombre que ella adoraba no podía decir: "que va a ser, guapa". Dio media vuelta y empezó a andar, no compró el periódico ni miró ninguna revista.
Cuando doblaba la esquina, sonrió recordando los ojos verdes del nuevo cajero de su oficina bancaria...
Imagen: El kiosco del jardín
Autor: Merce (paint)
Unos diez metros le separaban de él. Cruzar un sencillo paso de cebra y lo tendría delante. Tenía mil excusas: una revista, un paquete de chicles, cualquier coleccionable de los mil y uno que anunciaban en la tele. Pero no se atrevía ni a comprar el periódico, lo hacía el quiosco que había dos manzanas más abajo, camino del trabajo.
Estaba decidida, esa mañana cruzaría y le pediría el periódico y una revista, una de decoración había pensado, o quizá mejor algo más intelectual, algo que la hiciera parecer más interesante. ¡Qué situación más absurda! se odiaba a sí misma, incluso le sudaban las manos. Sólo iba a comprar una revista, y se sentía como una adolescente a punto de declararse.
Cruzó, se paró frente a él y le miró fíjamente a los ojos, -¿qué va a ser, guapa? preguntó él. Los violines cesaron, el deseo voló, las manos se secaron en el acto, ¿"qué va a ser, guapa"?, se repitió a sí misma. ¡Más de 400 días con la esperanza de que él la mirara!, ¡más de 400 noches durmiéndose con él!. El hombre que ella adoraba no podía decir: "que va a ser, guapa". Dio media vuelta y empezó a andar, no compró el periódico ni miró ninguna revista.
Cuando doblaba la esquina, sonrió recordando los ojos verdes del nuevo cajero de su oficina bancaria...
Imagen: El kiosco del jardín
Autor: Merce (paint)









