16 de octubre de 2007

Aventuras


Tenía el pulso acelerado, le temblaban las manos y le costaba respirar. Sí, había sido capaz de hacerlo, lo había hecho, todavía no se lo creía. Ella, que la mayor aventura de su vida había sido cruzar un semáforo en rojo, lo había hecho sola, sin ayuda. No tenía remordimientos, al fin y al cabo no era más que un viejo cabrón y usurero. Se sentía como la mala de una película, pero de esas malas que se escapan con el poli guapo. Volvió a mirar debajo de la cama, ahí estaba el maletín. Maletín cuyo contenido le permitiría vivir la segunda aventura de su vida. Pero primero tenía que limpiar toda aquella sangre.

Hasta la próxima, o no.

Imagen: Salvador Dali.

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