19 de julio de 2007

Abuelito dime tú

Ayer me senté a ver la tele con mi niña, sí yo también era de las que decían que mis hijos nunca verían la tele y ahora soy de las que a ratitos digo ¡bendita tele! El caso es que mandeando por los canales infantiles, en boomerang estaban poniendo un capítulo de Heidi, y he de decir que el corazón se me encogió y es que ahí estaba Heidi con la abuelita de Pedro, que era una viejecita de estas que se levantan muriéndose y se acuestan muriéndose, y así duran años y años y Heidi llorando sin consuelo cuando tras mucho preguntar al final consigue comprender que la abuelita es ciega.
Y esto me ha hecho recordar los dibujos animados y series con los que mi generación creció, y tienen tela, tela marinera, lo que no se es como estamos medio equilibrados mentalmente, porque desde luego eran para habernos creado un profundo trauma.
Y es que la historia de Heidi era una historia dura, pobre niña huérfana cuidada por una tía muy antipática, abandonada con un viejo cascarrabias que no la quiere, cuando por fin la niña ablanda el corazón del abuelo y los dos son felices en las montañas junto con Pedro el cabrero, la tía se la lleva a la gran ciudad para que haga compañía a una pobre niña invalida y reprimida por culpa de una ama de llaves parecida a la de “Rebeca”, más tarde y en un intento de curar a la pobre Clarita, las dos viajan a los Alpes, donde tras muchas vicisitudes la niña vuelve a andar.
Yo ya no se como terminaría la historia, dicen que Heidi dejó plantado a Pedro en el altar el mismo día de su boda y se dedicó a su carrera de medicina, la cual había estudiado gracias a la ayuda del padre de Clara y llegó a convertirse en una gran investigadora, tipo madame Curie pero con menos reconocimiento, Pedro al sentirse abandonado se retiró a la cabaña del viejo de los Alpes con la ovejita Blanquita, ya que el abuelo se había trasladado a un precioso adosado a las afueras del pueblo con la señorita Rottemeier. En cuanto a Clara, se casó con un robusto cabrero que le gustaba mucho más que el estirado abogado de Frankfurt con el que su padre quería casarla, pero cinco años después, y cuando ya la pasión había muerto entre ellos, Clara volvió a la gran ciudad donde vivió muchos años en la casa familiar sin volver a casarse, aunque dicen las malas lenguas "frankfurianas", que Clarita ninguna noche durmió sola.
Hasta la próxima, o no.

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