12 de junio de 2007

El apartamento III

De vuelta de la playa, con un calor de mil demonios, sudando y cargados como mulas, lo mejor es hacer un alto en la piscina, el agua está sospechosamente caliente, pero claro con tanto niño, cuando pones los pies en el fondo notas ese horrible tacto de miles de granos de arena en suspensión, y es que hay gente muy cochina. Lo mejor será volver a casa y darse una buena ducha fresquita, lo haces intentado no tocar la horrorosa cortina de baño, que debe estar colgada allí desde que empezaron las obras.

Ya de mejor humor gracias a un buen chorro de agua fresquita, te dispones a poner la mesa, y ¡horror!, la dueña solo ha dejado un mantel de plástico, y esta pegado sobre si mismo, tras un buen fregado para intentar dejarlo bien desinfectado de todo aquello que inevitablemente te imaginas, estas de nuevo sudando. Después de comer lo que pega es una buena siesta, pero resulta que la ventana de tu habitación da justo encima de la piscina, y en este país ya no se respeta ni la siesta, mejor cerrar la ventana e intentar refrescarte con el ventilador directo a tu espalda, lo que es probable que te cause una contractura.

La tarde se pasa como se puede, y llega la hora de la cena, es el momento de aprovechar el balconcito y cenar con la brisa marina, sirves la mesa con eso que tu querías que fuera una tortilla de patata, pero que en realidad no pasa de revuelto de huevo, gracias a la sartén ya mencionada. A los diez minutos, toda la familia plato en mano, vuelve al interior del apartamento puesto que los mosquitos han decidido cenar a la misma hora que tú, solo que de plato principal han elegido tus piernas y de postre tus brazos. Antes de ir a la cama un ratito de tele, pero claro solo hay cinco o seis canales, de los cuales bien se ven tres, en uno hay gala de triunfitos, en otro película serie Z y en la tercera puedes ver la quinta reposición de una serie cuyos diálogos te sabes de memoria.

Otra opción es salir a cenar, la plaza esta a rebosar, hay que hacer cola para pinchar algo, a un lado, unos guiris repelando una paella, al otro lado una panda que parece que no tiene prisa. Por fin pillas mesa, pero a esa hora ya no queda de casi nada, te conformas con unos montaditos de lomo, que pagas a precio de caviar iraní, tras un helado vuelves a casa y nada más abrir la puerta del apartamento un horrible pestucio a sardinas te tira para atrás y es que el vecino de abajo celebraba barbacoa sardinera, por lo menos te podía haber invitado, pero como dos días antes le habías dicho que hiciera el favor de decirle a sus hijos que no hicieran ruido a la hora de la siesta, pues te jodes.

Y así durante 31 días, uno tras otro, uno tras otro.

Hasta la próxima, o no.

5 comentarios:

  1. Ya quisiera yo ese "suplicio" un mes entero...

    Disfruta, mujer...

    :)

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  2. Has visto muchas pelis, porque no creo que tu hayas vivido eso.

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  3. Jajajajajajajajajajaja, estoy contigo Cris, muy bueno

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  4. Landahlauts, es que yo odio la playa...

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Pues vosotros diréis...